Capítulo 9. El Descendiente

El Viajero miraba al reloj apoyado en el gran árbol de la ermita. El tiempo de otro aldeano llegaba a su fin y, entonces, solo quedarían diez.

Cuando la flauta sonó, todos los habitantes de Bélenos se encontraban en la ermita discutiendo sobre el futuro del pueblo y sobre la identidad del asesino. La mayoría se sobresaltó. Aditu, sentada como casi siempre en la copa del árbol junto al ibis blanco, se descolgó del mismo modo que hizo cuando asesinó accidentalmente a Pulgar.

—Viajero, te recomiendo que vengas conmigo.

El Viajero había oído aquella melodía antes pero, por mucho que pensaba, no era capaz de ubicarla.

—¿Qué significa esa flauta? —preguntó.

—Que Onzoth se acerca.

El rostro del Viajero adoptó entonces un gesto de sorpresa.

—Entonces no puedo irme, necesito verle.

Aditu le miró extrañada.

—¿Por qué querrías tú ver a Onzoth?

—Porque él me trajo aquí —contestó Obe.

La Bufona meditó un momento.

—Vale, pinta interesante. Nos quedamos. Pero vamos a subir a la copa del árbol. Cuanto menos a la vista estemos de él, mejor.

—Por mí no te preocupes, no creo que me hiciese daño —dijo el Viajero con tono confiado.

—Eso mismo pensaba yo hasta que lo vi.

Onzoth entró por la puerta de la ermita. Su aspecto distaba mucho del de la otra vez, ni siquiera parecía una bestia. Con el rostro ligeramente oculto bajo un sombrero y una flauta en una de sus manos, se abrió paso hacia donde se encontraban los aldeanos.

—¿Y el Sacerdote? —preguntó; su voz seguía sin parecer humana.

—Muerto —respondió Ss—, como tantos otros desde la última vez que estuviste aquí.

El Flautista les miró uno por uno. Ante él solo había siete personas.

—¿El Arquitecto ha muerto?

—Desaparecido —dijo la misma Trovadora—. Si ha muerto no hemos encontrado su cadáver.

—¿Y Aditu? —preguntó, esta vez dejando adivinar algo de tristeza en su voz.

—No —contestó la misma Aditu desde la copa del árbol.

Onzoth miró hacia arriba. Cualquier persona normal no habría logrado distinguir nada entre las hojas, pero los aguzados sentidos del Flautista le permitieron ver con nitidez tanto a Aditu como a su acompañante.

—¿Quién está contigo? —inquirió.

La Bufona permaneció en silencio.

—Podéis bajar, no os voy a hacer daño.

La Bufona y el Viajero empezaron a cuchichear. Onzoth pudo escuchar nítidamente cómo la Bufona intentaba disuadir a su acompañante de bajar, pero este no pareció hacerle caso, pues acto seguido se descolgó de una gran rama a otra y, a continuación, al suelo. La Bufona lo siguió.

—Te veo mejor —comentó Aditu—. Me alegro, de veras.

—Estando el Sacerdote muerto —dijo Onzoth—, debería estar mucho mejor. Debería haberme liberado de esta especie de posesión que sufro, pero noto cómo aún sigue ahí dentro, en algún lado, acechando.

Aditu tragó saliva.

—¿Eso puede significar que no fue Cerandal el responsable de tu… transformación? —le preguntó la Trovadora.

—No. Cerandal fue responsable. Lo recuerdo a la perfección. Le recuerdo sosteniéndome encima de un altar mientras jugaba con mi alma con una mueca de diversión en su rostro. Era un ser despreciable que merecía encontrar la más dolorosa de las muertes, pero a tenor de los asesinatos y de lo que siento en mi interior, no debe ser el único ser despreciable de este pueblo. ¿Vive el Cazador?

—Quizá —intervino Alek—. Murió, pero sospechamos que poseyó el cuerpo de un caballo.

—Al morir habría roto el vínculo, no es él el que me mantiene cautivo. Es uno de vosotros. —Onzoth gruñó—. ¿Quién eres tú? —preguntó entonces, reparando en la presencia del Viajero.

—Oberyn —le respondió este mostrándole el extraño reloj.

Onzoth lo observó y quedó petrificado por un instante.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó a la defensiva.

El Viajero dio un paso atrás.

—De mi madre. Soy un Sabat.

El Flautista le miró y creyó reconocer algunas de sus facciones. ¿Un Sabat? ¿Cuatrocientos años después de la caída de la larga noche?

—¿Por qué…? —comenzó Onzoth—. ¿Por…?

Algo iba mal. No sabía decir si era la sorpresa que le causaba tener ante sí a un descendiente suyo o la intrusión de alguien en su conciencia. Para cuando se dio cuenta de que la segunda opción era la correcta, la transformación se había iniciado.

Onzoth notó cómo su voluntad quedaba parcialmente a merced de otra persona. Sus extremidades se alargaron, su rostro adquirió facciones felinas. Sin que los aldeanos pudiesen apenas reaccionar, la bestia apartó de un manotazo al Viajero, que cayó a los pies del árbol. Después miró a los presentes y comprendió que su única oportunidad era acabar con quienquiera que estuviese internándose en su mente. Pese a sus sentidos amplificados, el embotamiento de su mente no le permitía distinguir con claridad la identidad de cada uno. Solo cuando tuvo a Madelaf entre sus garras, desangrándose, se dio cuenta de su error. Entonces, abandonó la ermita tal y como hizo algunos días atrás.

Lady Val intentó parar la hemorragia como lo había intentado con Antares, pero enseguida desistió. Madelaf, la Tabernera, había muerto.


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