Capítulo 8. Maestro del tiempo

Wind estaba trabajando en un nuevo prototipo. Su amigo Symon había dado su vida para lograr su sueño de crear al autómata perfecto. Ahora Wind ponía todos sus esfuerzos en hacerlo realidad.

El cadáver de Symon estaba sentado en una silla frente al Relojero. Su piel parecía haber sido plastificada y la parte superior de su cráneo había sido retirada, dejando al aire el cerebro. Wind observaba el cerebro de Symon a través de sus gafas lupa en el momento en el que el Viajero entró en la relojería.

—Oh —dijo Wind alarmado al verlo.

Oberyn les miró a ambos con cierto pavor.

—Guarda eso, por favor, quiero hablar contigo.

El Relojero asintió con la cabeza y empujó la silla en la que estaba Symon sentado hasta una habitación contigua. Luego volvió a la sala principal.

—Siento que hayas tenido que ver eso —se disculpó.

—¿Qué hacías exactamente? —preguntó el Viajero.

—Yo… bueno. Intentaba comprender el funcionamiento del cerebro de Symon.

—¿Mirándolo?

—Claro, cómo si no —respondió Wind como si fuera algo obvio—. Si logro entender su funcionamiento quizá pueda ponerlo en marcha de nuevo, de algún modo. Lleva demasiado tiempo muerto como para recuperar todas sus funciones, pero confío en que con unos cuantos mecanismos pueda valerse por sí mismo.

—Ya —dijo el Viajero sin ocultar su escepticismo al respecto—. Venía para que vieras algo.

—A ver.

El Viajero depositó el reloj de tres manecillas sobre el mostrador. Wind emitió un largo silbido.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó.

—¿Sabes cómo funciona? —inquirió el Viajero haciendo caso omiso a la respuesta de Wind.

Wind miró el artefacto a través de las gafas lupa.

—Eso creo. Esfera exterior de veintinueve números. Algo raro, nadie las fabrica impares. Tres manecillas. Una de ellas fija en doce, otra que parece marcar el tiempo y una tercera descontrolada.

—La que está fija en doce se ha movido estos días. Estaba en veintinueve cuando llegué —intervino el Viajero.

El Relojero quedó pensativo sin dejar de mirar el artilugio.

—Veamos —dijo sacando una hoja de papel y un lápiz—. Tres de la compañía, dos del ayuntamiento, los tres de la posada, Ícaro, los tres de las afueras y el Chamán, la Alquimista y el Herrero, las hermanas, los cinco creadores, los hermanos, el Cartero, el Mozo de Cuadra, dos en la ermita… Veintiocho.

—Y yo, veintinueve —concluyó el Viajero.

—Bien, ya sabemos lo que marca esa aguja, el número de vivos. ¿Me puedes decir ahora de dónde has sacado esto?

—No —contestó secamente Obe—. ¿Y las otras dos?

—La descontrolada no parece marcar nada, debe haber un fallo en el mecanismo.

—Lo dudo.

—Bueno, pues si no es un fallo en el mecanismo no sé lo que es. La otra parece marcar el tiempo, aunque no sé qué tiempo exactamente.

—¿Es que hay varios tipos de tiempo? —preguntó el Viajero, divertido.

—Por supuesto, tantos como seres vivos existan.

—Puede que marque el tiempo que le queda a la próxima persona que vaya a morir, ¿no?

El Relojero valoró aquella posibilidad.

—Nunca he oído hablar de ningún reloj que se vaya adaptando al tiempo de distintas personas. Hasta donde yo sé no es posible fabricar algo así. Además, de ser así, hay alguien al que le queda muy poco tiempo —dijo mirando cómo la manecilla que se movía a una velocidad intermedia se acercaba peligrosamente al espacio existente entre el uno y el veintinueve.

Según acabó la frase, un grito desgarró el silencio. Tanto Viajero como Relojero salieron rápidamente a la calle. En ella, Lady Val corría hacia Agro, el caballo de la Boticaria, y la propia Tajuru. Agro coceaba desbocado a todo aquel que se le acercaba. La principal damnificada había sido su dueña, que yacía en el suelo con una gran brecha en la cabeza.

El Mozo de Cuadra llegó corriendo.

—¡Apartaos del caballo! —gritó—. Val, ni se te ocurra acercarte a él.

Alek se acercó poco a poco al caballo intentando contactar con él, pero algo se lo impidió.

—Alguien controla a este caballo, no hay ni rastro de Agro en él —comentó el Mozo de Cuadra a Val.

—Pero hay que sacar de ahí a mi hermana —dijo la Curandera tratando de contener las lágrimas.

—No mientras el caballo siga ahí.

—¿Es Nod? —le preguntó Val.

—No lo sé —le respondió Alek—. Es muy posible, solo él conseguía dominar así a los animales.

El caballo pisoteó el cuerpo de la Curandera hasta que Tajuru murió; entonces, salió galopando hacia la salida de Bélenos.

Mientras Val corría hacia el cuerpo inerte de su hermana, Wind miró el reloj que sostenía en la mano justo a tiempo para ver cómo la manecilla que hacía unos momentos estaba inmóvil cambiaba de posición del doce al once. La manecilla de velocidad intermedia, por su parte, volvió al veintinueve tal y como habían previsto.


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