Capítulo 7. Un pueblo sin ley

Tremal encontró el cuerpo decapitado del Cazador en medio del bosque. Decir que le tenía afecto quizá fuese ir demasiado lejos, pero Nod era la única persona de Bélenos con la que mantenía una relación más o menos normal.

El Chamán se arrodilló junto al cadáver y se embadurnó las manos de la sangre reseca que había manado de su cuello. A continuación, clavó una daga en el vientre del Cazador y, con los ojos cubiertos por una clara neblina, pronunció unas palabras.

—A sàfihàn okàn, Mwindaji.

El cuerpo de Nod se incorporó bruscamente. Tremal se quedó mirándolo con gesto de curiosidad.

—¿Dónde has dejado la cabeza, Hircine?

Nod se levantó y se internó a tientas en el bosque. Al instante volvió con su cabeza entre las manos.

—Vale, descansa —dijo Tremal al cuerpo de Nod a la par que sacaba la daga de su estómago. El cuerpo se desplomó—. A sàfihàn okàn, orí —continuó, y clavó la misma daga en el poco cuello que le quedaba a la cabeza del Cazador.

La cabeza abrió los ojos e intentó tomar aire sin mucho éxito.

—No tienes buen aspecto —dijo Tremal, sonriente.

—Tú tampoco lo vas a tener no tardando mucho —contestó la cabeza con voz ronca.

—¿Y eso?

—Primero el Sacerdote, después yo… Antares, Eleuve y Mr Lann están presentando batalla, y tú eres de los pocos enemigos que les quedan.

—Si hay alguien que no puede hacerme daño son los muertos.

—Ya, pero es que no están muertos —le cortó el Cazador—. Mr Lann vive en la maldita espada que me rebanó el pescuezo, la Alquimista en el ibis, Antares en el condenado árbol de la ermita y al parecer puede extender su conciencia a cualquier rincón con vegetación.

—¿Y cómo es que tú no te has adueñado de alguna de tus bestias? —le preguntó el Chamán.

—Esa Alquimista hizo algo para impedirlo —dijo Nod notablemente molesto.

—Probemos pues el poder de la Alquimista.

Tremal se adentró en el bosque con la cabeza de Nod. Si todo salía bien, el alma del Cazador sería libre para morar en la criatura que eligiese.


El Viajero entró en su habitación de la posada, abrió el zurrón y sacó un extraño reloj de su interior. Tres manecillas apuntaban a diferentes símbolos inscritos en la esfera exterior. Una de ellas giraba muy rápido, las otras parecían inmóviles. Obe volvió a echar mano del zurrón y extrajo esta vez una manzana medio podrida; al partirla por la mitad, una fina varilla metálica quedó a la vista. La varilla encajó perfectamente en una abertura que había en el lateral del reloj y, tras girarla cuidadosamente, una de las manecillas que hasta entonces permanecían inmóviles cobró vida.

—Tic, tac —murmuró el Viajero.


Lauerys entró en el ayuntamiento de Bélenos. Lucía un vestido entallado de color azul intenso. De su espalda parecían brotar pequeñas mariposas de tela que aleteaban de forma imperceptible, aunque esas mismas mariposas le permitían desplazarse sin tener que molestarse en caminar. Theon, desde su silla, la miró por encima del libro que leía.

—Joder, Lauerys, los pavos reales se avergüenzan de su simplicidad cuando te ven pasar.

La Sastre estaba acostumbrada a esos comentarios, sobre todo si provenían del Alguacil.

—Quería preguntarte algo acerca de Mr Lann.

—Murió —dijo el Alguacil sin darle tiempo a formular la pregunta—. Le metieron la cabeza en la fragua. Luego invocó un ejército de armas y se cargó a… —Theon dudó—. Al que volaba, no recuerdo su nombre. Creo que era el hijo del Herrero.

—Del Arquitecto —corrigió Lau—. Kvothe.

—Ah, claro, el Herrero era Mr Lann —comprendió Theon—. Pues sí, se cargó a Kvothe. Encontramos el cuerpo hecho trizas, todo muy desagradable.

La Sastre tosió.

—Lo que quería saber es si…

—NUE ha estado fatal estos días porque estaba enamorado de… —Theon volvió a dudar—. Del que volaba, que no recuerdo su nombre.

—Kvothe —repitió Lau.

—No, NUE. NUE lloraba de lo lindo, me lo contó Madelaf, que es una chismosa. Lo gracioso es que precisamente ella está completamente desesperada porque NUE no le hace caso. Es que ella está enamorada de NUE. Pero él todavía ama a…

—Kvothe.

—Que no, que no sé quién es Kvothe, que estoy hablando de NUE.

—Vale, Theon. ¿Y sabes dónde está el cuerpo de Mr Lann? —preguntó la Sastre de carrerilla antes de que el Alguacil volviese a interrumpirle.

—¿Cómo que si sé dónde está el cuerpo de Mr Lann? —preguntó el Alguacil arrugando el ceño.

—Que si sabes si fue enterrado o… No sé, que si sabes qué fue de él.

—¿Pero Mr Lann está muerto? —se sorprendió.

Lauerys le miró un instante con la boca abierta sin pronunciar palabra.

—La verdad es que no sé por qué he pensado que tú podrías contestarme a esto —reflexionó la Sastre—. Ni a nada, en realidad.

—¿Qué insinúas?

—No insinúo nada. Gracias por tu no ayuda, Alguacil —se despidió Lauerys.

—¡NO! ¡Quieta ahí! —exclamó Theon levantándose de su silla y señalando a la Sastre con un dedo—. Dime. Qué. Insinúas —dijo pausadamente, pronunciando cada palabra por separado.

Alek, el Mozo de Cuadra, entró en el ayuntamiento.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó alertado por los gritos.

—Que cuando Jyggalag se esconde, Sheogorath asoma —comentó Lauerys sin prestar oídos a las órdenes del Alguacil—. Suerte con él.

La Sastre abandonó la estancia, dejando tras de sí a Theon y Alek.

—Me ha gustado el vestido que llevaba hoy —comentó el Alguacil recuperando su asiento y aparentemente mucho más calmado—. Era bonito. Ella es bonita.

—Lo es —asintió Alek—. Que vaya bien, Theon.

El Mozo de Cuadra también abandonó la estancia. Theon se quedó solo mirando a la puerta por la que Lau y Alek acababan de salir.

—“Lo es” —dijo el Alguacil imitando la voz del Mozo de Cuadra—. ¡Pues es mía! ¿Me oyes? ¡MÍA! ¡Y como te acerques a ella te arrancaré los intestinos y saltaré a la comba con ellos!

El Alguacil se acomodó en la silla y trató de seguir leyendo como si nada hubiera pasado. Sin embargo, Tajuru entró en el ayuntamiento y le interrumpió.

—Eres la cuarta persona que me interrumpe esta mañana, ¿sabes? Empiezo a estar un poco harto.

Theon cogió un abrecartas que había sobre la mesa y se lo clavó en el cuello, desplomándose ipso facto sobre la silla. La Boticaria presenció la escena con incredulidad.

—¿Theon?

—¡Tajuru! —gritó el Alguacil—. Menos mal que estás aquí, alguien me ha apuñalado. Creo que me muero.

—Suele pasar cuando te clavas abrecartas en el cuello —comentó Tajuru.

—Sálvam… sálv… Sal de aquí, por favor, quiero seguir leyendo.

Tajuru se encogió de hombros y salió del ayuntamiento. Theon murió a los pocos minutos.


NUE abrió los ojos en medio de la noche. Frente a su cama había una inmensa piel de lobo extendida sobre la pared, lo que le sobresaltó. La transformación fue casi inmediata. Antaño tan solo era capaz de transformarse cuando sentía una vergüenza extrema, pero desde que comenzaron los asesinatos había tenido tiempo para practicar.

El gran lobo se puso alerta, pero no sintió a nadie a través de ninguno de sus sentidos. Entonces, una voz inundó la habitación.

—Despídete del mundo, lobito.

Primero fue un zapato, después una silla. Más tarde todo lo que había en la habitación se veía atraído por un inmenso foco gravitatorio que parecía residir en la criatura. Las paredes empezaron a ceder, los cimientos también. Sin que el Hijo de la Posadera pudiera hacer nada, toda la casa impactó contra él. NUE murió al instante.


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