Capítulo 6. Cazado

Sansalayne se encontraba delante del Viajero en los calabozos que había bajo el ayuntamiento. Ambos estaban sentados en incómodas sillas, alumbrados únicamente por la exigua luz que ofrecían dos pequeñas lámparas de aceite, una de ellas sostenida por Theon. El Viajero había sido atado a la silla.

—Sois un pueblo de asesinos —dijo el Viajero en voz baja, con el rostro contraído por la rabia—. Noté algo raro desde el primer momento que pisé Bélenos. Todo tan… pautado, tan artificial. Un pueblo no puede tener un alguacil que esté tan pirado.
Sansalayne rio. Theon pareció ignorar el comentario.

—En eso te voy a dar la razón —dijo la Trovadora—, pero solo en eso. No somos un pueblo de asesinos, aunque es evidente que al menos unos cuantos sí lo son.

—¿Al menos unos cuantos? —se sorprendió el Viajero—. Lo dices como si fuera normal. El Relojero arrastra del cadáver del Juguetero por todo el pueblo y no pasa absolutamente nada. Una niña de unos diez años muere en extrañas circunstancias y no pasa absolutamente nada. La Bufona mata al Sacerdote y al Enterrador y ahí sigue, libre, al contrario que yo. ¿Alguien me puede explicar qué pasa?

Theon comenzó a pasear por el calabozo de un lado al otro, haciendo que las luces y las sombras pareciesen bailar en torno a Obe y Ss.

—No creo que sea muy conveniente que sepas lo que está pasando —dijo el Alguacil, que parecía haber adoptado su personalidad más formal—. Ni siquiera creo que creyeses algo de lo que te dijéramos.

—Probad —les retó el Viajero—. No soy tan iluso como pensáis.

Sansalayne pareció sorprendida ante el comentario.

—¿A qué te refieres? —se interesó.

—Vosotros primero, por favor —contestó el Viajero luciendo una enigmática sonrisa.

—Hablaste de Lorkham… —siguió la Trovadora.

—Vosotros primero —repitió el Viajero, esta vez de forma más tajante.

—Está bien, ¿cómo empezar?

—Empieza con Onzoth —sugirió el Alguacil.


Hace poco más de cuatrocientos años, Bélenos subsistía a duras penas. Sus escasos veinticinco habitantes sumados a su difícil situación geográfica hacían de él un pueblo condenado a la extinción. Sin embargo, algo cambió con la llegada de Aditu, Sansalayne y Onzoth.

Hacía mucho tiempo que ningún extranjero se acercaba. Al estar entre dos montañas, un lago y un bosque, nadie llegaba a Bélenos por casualidad. Quien llegaba era porque buscaba el pueblo, lo cual era de por sí complicado, ya que no aparecía en casi ningún mapa.

La llegada de la compañía itinerante causó mucho revuelo. Una trovadora, una bufona y un flautista, lo nunca visto por allí. Enseguida las cosas cambiaron en Bélenos, no solo porque la gente se encontraba más animada, sino porque algo se empezó a gestar en el interior de sus habitantes. Quien hasta entonces había sido un mero relojero comenzó a tener una visión preclara del funcionamiento de los mecanismos que conformaban el mundo. El que antes era un simple mozo de cuadra empezaba a comprender a sus caballos más allá de lo normal. Todos experimentaron el nacimiento de algo dentro de su ser, y muchos de ellos cambiaron drásticamente a raíz de ello.

Una mañana, el pueblo despertó con una inquietante noticia: Onzoth, el Flautista, había desaparecido. La cantidad de sangre encontrada en su habitación de la posada bastó para concluir que había sido asesinado. Sin embargo, alguien evitó que eso sucediese. El Arquitecto encontró lo que parecía ser un híbrido entre un animal y Onzoth antes de que este muriese. Su estado era desastroso. Había sido sometido a alguna clase de ritual que había quebrado su alma y su cuerpo. Ante tal escenario y con el conocimiento de que el responsable de aquello era uno de los habitantes de Bélenos, Gerold optó por encerrar a la criatura en su particular laberinto. Su intención era mantenerlo allí hasta que sanase completamente de sus heridas, pero algo lo impidió.

Un día el sol no salió. Tampoco lo hizo al día siguiente, ni al siguiente. Mientras el cielo parecía guardar luto por Onzoth, los aldeanos comenzaron a desfallecer. No solo perdieron las habilidades que habían adquirido a raíz de la llegada de la compañía, sino que parecieron perderse a sí mismos, pues nada de lo que hicieron a partir de entonces sería recordado por nadie. Su existencia había sido reducida a un inmenso tapiz que se descolgaba por la ventana de una ermita.

Tres ancianas, las tres únicas aldeanas que parecían haber sobrevivido al olvido, se enclaustraron en el torreón de la ermita y esperaron a que, algún día, el sol volviera a salir.


—Y volvió a salir —interrumpió Theon—. Cuando llegaste tú.

El Viajero miró a sus dos acompañantes y sonrió.

—Así que cuatrocientos años de olvido y tinieblas, ¿eh?

—No pareces muy sorprendido —observó la Trovadora.

—Oh, lo estoy. No esperaba una historia tan truculenta.

—¿Y qué esperabas? —se interesó el Alguacil.

—No lo sé, pero no esto —respondió Obe—. ¿Y luego qué?

—Pues luego, un panorama desolador —dijo Theon—. Más asesinatos, más muertes, la vuelta de Onzoth…

—¿Es cierto que Onzoth fue transformado por el Sacerdote? —preguntó el Viajero.

—Eso es lo que Onzoth cree; y por eso mismo Aditu trató de asesinarle, para vengar a nuestro amigo, pero supongo que no sabremos nada con certeza hasta que Onzoth vuelva una vez más a Bélenos.

—Entonces estaré encantado de que me lo presentéis —dijo Obe.

Sansalayne volvió a extrañarse.

—¿Quién eres?

—Soltadme, dejadme marchar y, quizá algún día, os lo cuente.


Nod corría tras un alce sintiendo la adrenalina de la caza como tantas veces antes. Le habría encantado acabar con la Alquimista y la Posadera del mismo modo, pero la situación requería tacto.

El alce parecía haber conseguido despistar al Cazador, mas este tan solo le daba terreno para que el reto fuera mayor. Tarde o temprano le encontraría y acabaría con él. Ninguna criatura del bosque podía escapar de Nod pues, al fin y al cabo, él podía sentir e introducirse en sus conciencias.

En cambio, había un animal en el que Nod nunca había conseguido reparar a tiempo. Un ibis blanco le sobrevolaba, y no estaba solo. En su pico, Tot portaba la espada Volündria, aquella que había sido poseída por el Herrero tras su muerte.

La espada cayó desde el cielo clavándose frente a Nod; este se detuvo en seco. El Cazador, con lanza en mano y con el rostro oculto bajo una máscara de alce, se puso alerta. Tot no tardó en dejarse ver. Nod miró al ibis y experimentó la desagradable sensación que le producía no poder controlar a aquella criatura. A continuación, sintió cómo el pájaro se introducía en sus pensamientos.

—Sal de mí, pajarraco —gruñó Nod.

El ibis le sostuvo la mirada y, por una vez, en lugar de modificar sus pensamientos introdujo una voz en su mente.

—Estoy al tanto de tus andanzas —susurró la voz de la Alquimista.

El Cazador ni se inmutó. Sabía desde hace un tiempo que Eleuve no se había marchado del todo.

—¿Y bien? —preguntó él.

—Tus crímenes serán castigados.

—¿Vas a picotearme? —se mofó Nod.

—No, vamos a decapitarte.

Unas raíces se cerraron en torno a la espada y la blandieron contra el Cazador. Este combatió con la lanza, pero otras raíces lograron inmovilizarlo. Entonces, el filo de Volündria encontró el cuello de Nod y lo sajó limpiamente.


Daro entró en su casa con la llegada de la noche. Aquel día apenas había conseguido nada. La gente estaba demasiado alterada a raíz de los acontecimientos. Era difícil que le prestasen atención.

Al entrar en el salón se encontró su montaña de objetos dorados esperándole, pero le pareció muy poca cosa. Desilusionado, cogió uno de las copas que allí había para echar un trago y, ante su estupor, la copa dorada se convirtió en mugre deshaciéndose entre sus dedos. Daro se sobresaltó y cogió otra obteniendo el mismo resultado. Entonces, una figura surgió tras él como salida de la nada y, sin darle tiempo a reaccionar, le amputó uno de sus brazos a golpe de hacha. El Mendigo se echó al suelo y comenzó a gimotear. La figura cogió el brazo recién amputado y lo acercó a su anterior dueño. En cuanto un dedo le tocó, Daro se convirtió en mugre y con él toda su riqueza.


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