Capítulo 5. Un pueblo sin fe

Cuando amaneció, Asha no era lo único extraño que encontraron los aldeanos de Bélenos. En muchas de las fachadas habían surgido de la nada extraños dibujos que parecían representar una alargada figura negra de rostro oculto tras una máscara. La mayoría concluyó que Ellaria estaba detrás de las pinturas y, al no encontrarla en su casa, comprendieron que había quedado atrapada en otra realidad.

El sol lucía como nunca, ajeno a la debacle a la que el pueblo asistía. Sin embargo, no era el único ajeno. Los aldeanos conservaban la calma de una forma extraña. Cualquiera que los hubiera visto habría pensado que, más que alarmarse por la situación, simplemente estaban resignados. Asumían los eventos acontecidos como algo previsto e inevitable, lo cual no les impedía buscar culpables.

Aditu contemplaba el pueblo desde lo alto del árbol que ahora ocupaba el centro de Bélenos. Junto a ella, Tot, el ibis de la Alquimista, parecía dormitar.

—Tú qué crees, Tot —le dijo la Bufona al pájaro—, ¿vendrá el Sacerdote Cerandal hoy a la ermita? Porque es a él a quien espero.

El pájaro miró a Aditu.

—Ya, eso es cierto —comentó esta comprendiendo lo que el ibis le quería decir—. Con este árbol aquí plantado poco hay que hacer en la ermita. Pero algo me dice que vendrá, ya lo verás.


Wind había encontrado el cadáver de Symon esa misma mañana. El Juguetero parecía haberse sacrificado esperando que uno de sus autómatas cobrase vida, pero estaba claro que no lo había conseguido, pues el autómata seguía allí, impertérrito.

El Relojero cogió el cadáver de su amigo y lo arrastró hasta la salida de la juguetería. Allí, se cercioró de que nadie pasase en ese momento por la calle y lo arrastró afuera.


Tras ver cómo una esfera lumínica se había posado sobre la ermita días atrás y cómo, poco después, un colosal árbol había surgido de la nada en el mismo punto, el Viajero decidió salir de la posada. Aún pesaban en él las palabras de la Trovadora que le instaban a permanecer allí encerrado, pero su curiosidad parecía ser más fuerte que el poder persuasivo de Sansalayne.

Su destino era la ermita, pero en medio del camino se encontró algo que lo alarmó. Wind, el Relojero del pueblo, arrastraba el cuerpo del Juguetero por la calle, mirando hacia los lados cerciorándose de que nadie lo viese. El Viajero quedó sin habla un momento, al igual que el Relojero, que se quedó mirándolo fijamente sin saber qué hacer. Entonces, el Alguacil hizo acto de presencia para resolver la situación.

—¡Mi extranjero favorito! —dijo dándole un afectuoso abrazo a Obe—. Ese es el Relojero, ¿lo conoces?

El Viajero permaneció callado.

—Mmm… Al que arrastra es Symon, el Juguetero, ¿lo conoces?

—Sí —intervino Wind—, es Symon. Symon, saluda al señor Sabat.

Wind cogió una de las manos del inerte cuerpo del Juguetero y la agitó hacia los lados a la par que trataba de imitar, con una voz aguda quizá no muy adecuada, cómo saludaría el Juguetero. El Viajero no reaccionó.

—Bueno —dijo Wind—, aquí el amigo y yo nos vamos. Tú te encargas, Theon.

—Sí sí sí sí sí, yo me encargo, descuida. Soy muy hábil gestionando estas situaciones —aseguró Theon.

Wind continuó su camino con el cuerpo de Symon a cuestas.

—Es un muchacho encantador este Wind —le comentó el Alguacil al Viajero—. Sus relojes son una auténtica mierda, pero es muy simpático. Hace muy buenas migas con el Juguetero, como ya has visto.

El Viajero, que observaba cómo Wind doblaba una esquina cercana, pareció salir de su ensimismamiento.

—El Juguetero tenía la garganta rajada —dijo lentamente, con los ojos muy abiertos.

—Sí, me he fijado. Loboct, el cartero, también se rajó la garganta el otro día. Hay que tener mucho cuidado con los accidentes domésticos, ¡los carga el diablo! ¿Te gusta el queso?

—¿Qué?

—Nada, vamos a la ermita, que te quiero enseñar un seto que ha crecido.


Aditu se puso alerta en cuanto escuchó voces. Por una de las puertas de la ermita, Theon y el Viajero. Por la otra, Pulgar y Cerandal. Aditu maldijo por lo bajo. Si quería que las cosas no fueran demasiado mal, no podía permitir que el Viajero la viese asesinar al Sacerdote.

Mientras Aditu pensaba en cómo gestionar la situación, una rama se movió hasta alcanzar la posición perfecta para que la Bufona pudiese deslizarse por ella y bajar a la zona donde se encontraban el Sacerdote y el Enterrador. Parecía que Antares estaba de su parte. Si lo hacía rápido y silenciosamente, el tronco del árbol impediría que el Viajero viera nada, pero para ello tenía que acallar de algún modo al Enterrador y deshacerse rápidamente del cuerpo del Sacerdote. Al fin iba a pagar por lo que fuera que le hiciese a Onzoth.

La Bufona desempolvó uno de los trucos que usaba en sus espectáculos y, atada a una rama con largos fragmentos de tela, se descolgó dando vueltas hasta aterrizar sin apenas hacer ruido a las espaldas de Cerandal. Entonces, desenvainó una pequeña daga y sin más rodeos la clavó en la nuca del Sacerdote. Un espasmo recorrió el cuerpo de Cerandal, lo que alertó a Pulgar, tan solo unos pasos por delante. Nada más ver la situación, el Enterrador cerró los ojos y comenzó a murmurar unas palabras.

—Tenebris anima permuta —susurraba—. Tenebris anima permuta.

Cerandal, por su parte, se había dado la vuelta y miraba con espanto a la Bufona.


Al otro lado de la ermita, más allá del gran tronco, Theon conversaba animadamente con el Viajero. Las palabras del Enterrador llegaban hasta ellos nítidamente, pero ninguno les otorgaba ninguna importancia.

—Es que en cuanto te descuidas, te crece un seto, ya ves, je —decía Theon intentando explicar cómo era posible el crecimiento espontáneo del árbol.

—Yo no llamaría seto a un árbol de 25 metros, la verdad —contestó el Viajero.

—Bueno, bueno, menudencias. Vamos a ver qué hace el curita, que le oigo murmurar al otro lado.


El cuerpo de Pulgar cayó sin vida sobre las raíces del árbol. Aditu pudo ver la honda herida que asomaba justo en el punto donde ella acababa de apuñalar al Sacerdote. Presa del pánico al entender lo que ocurría, intentó alcanzar la daga que debía estar clavada en la nuca de Cerandal. En cambio, este se estaba levantando y sostenía la daga en una de sus manos.

—Nunca pensé que tuvieras tantas agallas —dijo Cerandal con el rostro aún desencajado.

—Ni yo que Pulgar se sacrificase por ti.

—Eso es porque subestimas la influencia que tengo sobre la gente de este pueblo.

Los pasos de Theon y Oberyn, que asomaban ya por un lado del árbol, interrumpieron la conversación.

—¡Cerandal! —exclamó Theon aparentemente entusiasmado—. Mira a quién te traigo, al Viajero.

—Quizá no sea un buen momento —respondió el Sacerdote echando un rápido vistazo a donde yacía el cadáver de Pulgar.

—Anda, si están también Aditu y Pulgar —reparó Theon—. ¡Enterrador! Hola, ¿eh? Que ya ni saludas.

—Está muerto, Theon —dijo Aditu.

—Por eso no saluda, entonces —comprendió el Alguacil.

—Oh, por Lorkhan… —musitó el Viajero, de nuevo ojiplático.

Las palabras del Viajero llamaron la atención del Sacerdote, que se quedó mirándolo fijamente.

—¿Qué has dicho? —le preguntó con tono imperativo.

—Yo…

La respuesta del Viajero fue interrumpida cuando Aditu, aprovechando la distracción de Cerandal, se abalanzó sobre él. Ambos rodaron por el suelo mientras Theon daba pequeños saltitos de un lado a otro. La Bufona trató de asfixiarlo primero. Al ver que sus esfuerzos no bastaban, intentó recuperar la daga para clavarla otra vez en el cuerpo del Sacerdote. Sin embargo, la fuerza y el poder que emanaba Cerandal era muy superior, por lo que enseguida Aditu se vio en una posición de desventaja respecto a su rival. Una vez arrodillada frente a él, esperando que su vida llegase a su fin sin haber podido completar la venganza que un día juró llevar a cabo por la memoria de su amigo Onzoth, Cerandal fue atravesado por una de las ramas del gran árbol ante el estupor de todos los presentes. La rama zarandeó el cuerpo del Sacerdote hasta que, por fin, Cerandal expiró.

Aditu, el Viajero e incluso Theon, contemplaron la escena inmóviles. Cuando hubo cesado, el Viajero se desmayó.

—Genial —dijo Aditu—. A ver qué hacemos para que no decida irse.

—Pues encerrarle, querida Bufona, no hay más —concluyño Theon.

—No será necesario —dijo Ss apoyada en la puerta de la ermita, desde donde, al parecer, había contemplado todo—. Te has pasado un poco, Aditu.

—Ese malnacido merecía esto y mucho más, y lo sabes bien —contestó esta, airada.

—Es posible, pero no creo que haya sido el mejor modo de hacer las cosas.

—¿Tú crees? Porque a mí me parece perfecto.

La Bufona salió de la ermita sin escuchar ni una palabra más de su amiga Trovadora. Justo cuando pasaba por al lado de la estatua en la que había sido convertida Asha, observó por casualidad cómo la vela se consumía y dejaba escapar un último hilo de humo. Acto seguido, el cuerpo de Asha entró en combustión espontáneamente. La Posadera pudo gritar y moverse al fin, pero para cuando quiso darse cuenta, sus cenizas eran arrastradas por el viento.


Aditu ni se inmutó al ver la muerte de Asha. Ahora que había completado su venganza, ya no le quedaba nada. Podría dedicarse a buscar a Onzoth, pero ni siquiera estaba segura de que aquella criatura fuera aún su amigo.

Llegaba ya a casa cuando alguien se cruzó en su camino.

—Perdone, ¿podría indicarme dónde está el baño? —preguntó una mujer que le era totalmente ajena—. Es que me hago pis.

—¿Y usted quién es? —preguntó la Bufona desconcertada.

—Me llamo Laurel, soy abogada y…

Sin que fuera necesario escuchar nada más, Aditu volvió a desenvainar la daga y la clavó repetidamente en el cuerpo de Laurel al grito de ¡MUERE CANSINA! ¡MUERE YAAAAA!

Una vez que Laurel dejó de convulsionar sobre el suelo, la Bufona corriente siguió su camino.


Aquella noche ni una sola luz iluminaba Bélenos. Sus calles parecían pozos de infinita oscuridad aguardando a la menor ocasión para poder engullir a aquel que osase adentrarse en ellos. El cadáver de Esk sería encontrado a la mañana siguiente.

El contraste entre su cuerpo y el resto de la casa era extraordinario. En medio de la pobreza que cubría cada uno de los rincones de la casa, una flor de loto dorada contenía el cuerpo exangüe y calcinado de la Rica, cubierto por un colorido vestido rojo. Multitud de joyas cubrían sus ya extintas facciones y entre sus manos, un trozo de tela mostraba en letras doradas la siguiente inscripción:

नमस्ते
आग
तुम कौन हो


Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License