Capítulo 4. Baile de almas

Cerandal fue encontrado casi desnudo bajo un gran sauce. Tenía incontables magulladuras a lo largo de todo el cuerpo y aseguraba no recordar nada desde la partida de Onzoth. Tremal lo había encontrado por casualidad, según le contó al Cazador, pues el cuerpo del Sacerdote se encontraba medio enterrado bajo las raíces del árbol. Ese insignificante detalle hizo que todas las miradas se depositaran rápidamente en Antares, el Agricultor.

—No hace falta ser muy agudo —dijo Theon, el Alguacil—. Eres un tipo que hace crecer plantas de la nada, y el Sacerdote fue hallado casi sepultado bajo las raíces de un árbol. Para colmo, tus amiguitos han muerto últimamente en circunstancias extrañas, y el Sacerdote es uno de los que no gozaban de una buena relación con ellos. ¿Mi hipótesis? Sencilla. Has intentado vengar la muerte de la Alquimista y el Herrero por tu cuenta y riesgo. Aprovechaste la, oh, inesperada aparición de Onzoth para que, en medio del revuelo, la muerte de Cerandal en extrañas circunstancias se le achacase a la bestia, ya que ella mostró cierta predilección por nuestro muy querido Sacerdote, quién sabe por qué.

Tajuru y Val estaban situadas al lado de Antares en lo que parecía un juicio improvisado. Delante de ellos, Theon parecía estar en su salsa elaborando teorías y, al fin, poniendo en juego toda la información que había recabado sobre los habitantes de Bélenos durante tantos años.

—Ya basta, Alguacil —dijo Antares exasperado—. Pasé toda la mañana con Tajuru y Lady Val, ellas pueden…

—¡TU HERMANA Y SU AMANTE! —interrumpió Theon—. No, al revés —se contradijo él mismo—. Sí, tu amante y su hermana. Eso es. ¿Qué podemos esperar de ellas? No sé el resto, pero soy muy consciente del arsenal de sustancias a las que tienes acceso, Agricultor. Podrías hacer que cualquiera de nosotros nos plegásemos a tu voluntad si así te lo propusieras.

—No estamos bajo el efecto de ninguna sustancia, Theon —dijo Tajuru con desprecio—. No fuimos las únicas personas que estuvimos con Antares. Nalibia y Nod pasaron la mayor parte de la tarde con él y pudieron vernos llegar a nosotros tres juntos. Alek también nos vio.

—Irrelevante, Curandera o Boticaria o lo que seas. Muy irrelevante. ¿Es que no me escucháis? ¡Mi hipótesis no habla del día de ayer! —exclamó Theon con gesto divertido y dando pequeños saltitos de un lado a otro—. Mi hipótesis versa mayoritariamente del día en que Onzoth bajó. O subió, porque no sabemos de dónde vino. ¡Del día en que Onzoth apareció!

—Ya —dijo Antares—. Igual deberíamos estar hablando de Onzoth, o del resto de asesinatos que sí han sucedido. Pero estamos hablando del no asesinato de Cerandal. ¿Algún interés por desviar la atención, Alguacil?

—¡Obstrucción a la justicia! —explotó Theon, señalando al Agricultor acusatoriamente—. ¡Calumnias e injurias! ¡Quebrantamiento de muchas leyes a la vez! ¡GUARDIAS! Apresadle.

Todos los presentes miraron con desconcierto a Theon. Daro tosió al fondo de la sala.

—Theon —intervino Ss—, no hay guardias.

—¡Porque también los ha matado! —concluyó el Alguacil.

Antares suspiró.

—No tengo tiempo para seguir soportando memeces —dijo, dándole la espalda al Alguacil y dirigiéndose hacia la salida de la ermita.

Theon cogió un de los cirios que se encontraban a su lado y se abalanzó sobre el Agricultor. Tajuru trató de interponerse entre ambos, pero llegó tarde. Antares cayó al suelo tras recibir un fuerte golpe en la cabeza, aunque no llegó a perder el conocimiento. Enseguida, todos los presentes se pusieron alerta.

El suelo de la ermita se resquebrajó para dejar paso a cientos de plantas que comenzaron a nacer bajo él. Nalibia, anticipando un posible derrumbamiento, transformó la piedra del suelo en arcilla, de modo que las plantas pudieran brotar con mayor facilidad. Estas aprisionaron a Theon y se situaron a modo de protección en torno a Antares.

En medio del desconcierto, las puertas de la ermita se abrieron y revelaron la presencia del Sacerdote. Vestía ropajes muy diferentes a sus habituales túnicas y su postura denotaba el gran esfuerzo que había hecho para llegar desde su casa a la ermita.

—Cogedle —murmuró Cerandal—. ¡Cogedle! —repitió mirando a los asistentes. Nadie le hizo caso—. Ese hombre que yace ahí es el responsable de mis heridas y quién sabe de qué más.

Lady Val se puso entre el Sacerdote y el Agricultor.

—¿No decías no recordar nada? ¿Cómo es posible que estés ahora tan seguro?

—Igual que olvidé he recordado, y ahora veo nítidamente cómo la vegetación se volvió en mi contra hasta dejarme inconsciente.

Algunas de las plantas que había hecho brotar Antares se acercaron al Sacerdote amenazadoramente.

—¿Vas a acabar lo que empezaste hace dos días? —le preguntó el Sacerdote.

—Lo voy a intentar —contestó Antares, sonriente.

Las plantas se cerraron en torno al cuello del Sacerdote, elevándolo a una altura considerable. Antes de que nadie pudiese reaccionar, otros muchos tallos brotaron y se dirigieron como si de látigos se tratasen sobre algunos de los presentes. En tan solo un instante, el Cazador, el Chamán, el Sacerdote y el Alguacil se debatían entre la vida y la muerte flotando sobre los presentes.

Mientras Nalibia y Tajuru trataban de que Antares les soltase, Nod, el Cazador, poseyó la conciencia de NUE y le obligó a transformarse en la gran bestia que albergaba en su interior. Convertido en lobo, NUE apartó de un zarpazo a quienes se interponían entre él y Antares y se acercó a este. El Agricultor trató de contenerle, pero la fuerza de la bestia bastó para que las plantas no pudieran detenerle. En cuanto alcanzó a Antares, NUE clavó una zarpa en su estómago. En ese momento el poder del Agricultor se resintió y los cautivos cayeron al suelo. El impacto contra el suelo hizo que el Cazador perdiera el dominio sobre NUE y este se apartase del cuerpo de Antares.

Tajuru, aún desorientada por el golpe recibido por parte de NUE, se arrastró hacia el centro de la ermita, donde yacía el cuerpo del hombre al que amaba.

—Val —dijo sollozando—, necesito mis ungüentos.

La Curandera inspeccionó la herida de Antares y comprendió que debía darse un milagro para que se salvase. Los milagros estaban al alcance de los ungüentos de su hermana.

—No —dijo Val—, yo me quedaré con él y contendré la hemorragia. Ve tú a por los ungüentos necesarios para arreglar esto.

Tajuru asintió y salió corriendo de la ermita.

Val trató de contener la sangre con vendas improvisadas, pero la herida era demasiado grave y profunda.

—Val —musitó Antares—, déjalo.

—No —respondió la Curandera—. Tajuru ha devuelto a animales a la vida, podrá con esto.

Antares cerró los ojos.

—Estoy muy cansado, y no quiero asistir a lo que se va a desatar los próximos días. Es demasiado.

—Abre los ojos —le dijo mientas le zarandeaba levemente—. Antares… ¡Antares, no te duermas!

La piel de Antares adoptó una textura rugosa y tono marrón. A continuación, sus extremidades comenzaron a crecer poco a poco hasta formar gruesas ramas que se abrían paso en el interior de la ermita de Bélenos. Poco después, un árbol de dimensiones colosales se situaba en el centro de la construcción sin apenas dejar espacio al resto de ocupantes.

Desde la ventana de la posada, el Viajero alcanzó a observar cómo la copa de un inmenso árbol surgía de la ermita y un ibis blanco se posaba en ella.


Symon entró en la juguetería muy alterado. Acababa de presenciar cómo una persona se transformaba en árbol, lo cual le había dado una idea muy prometedora.

Había oído rumores sobre cómo Mr Lannister había logrado sobrevivir a la muerte introduciendo su alma en la espada Volündria; también sobre cómo Eleuve había conseguido, con su último aliento, fusionarse con la conciencia de su ibis blanco. No había sido hasta la conversión de Antares cuando Symon concedió veracidad a esos rumores. Si la muerte les había permitido adentrarse tanto en otros seres como en objetos, la muerte le permitiría a él adentrarse en uno de sus autómatas. Así podría hacer realidad su sueño, al fin.

Symon eligió a uno de los mejores autómatas que había construido y lo situó frente a él. Acto seguido, situó una de las herramientas que usaba para la fabricación de las marionetas sobre su garganta y la rajó de lado a lado.
El autómata permaneció inmóvil frente a su creador, con una expresión plácida y mirándole sin ver.


Ellaria supo que alguien iba a por ella antes de que la figura entrase en su casa. Desde la muerte de Mr Lann y Kvothe, la Artista se había mostrado ansiosa y precavida, por lo que las paredes de su habitación se habían convertido en un gran mural de métodos de defensa. En una de ellas había pintado multitud de armas; en otra, criaturas dispuestas a presentar batalla. En la tercera, la más grande, la Artista había dibujo un paisaje al que escapar en caso de necesidad extrema o en el que encerrar a su atacante.

En cuanto la figura irrumpió en el cuarto, las criaturas salieron de la pared y se abalanzaron sobre ella valiéndose de las armas que había pintadas en la pared de enfrente. Sin embargo, el recién llegado, oculto bajo una máscara que impedía adivinar su identidad, elevó las manos y humedeció el ambiente hasta el punto de que las pinturas que habían cobrado vida perdieran fuerzas y se desdibujasen. Para cuando llegaron hasta él, se habían convertido en masas informes que poca o ninguna resistencia podían oponer.

Al ver la facilidad con la que se había deshecho de su pequeño ejército, Ellaria no dudó en meterse en el paisaje que había creado en la pared.

La figura sonrió bajo la máscara y borró la pintura. Sabía que Ellaria no estaba muerta, que en algún plano de existencia ella aún vivía, pero no importaba. La Artista no causaría problemas en Bélenos.


Asha despertó ante la puerta de la ermita. Se encontraba vestida con un largo camisón blanco y portaba una vela encendida. Curiosamente se había despertado de pie, inmóvil, rígida. La Posadera intentó moverse y no pudo, trató de chillar, pero no le salió la voz. Asha estaba encerrada en una estatua de sí misma, a la vista de todos. La vela que sostenía ardía y, si llegaba a consumirse, ella moriría.


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