Capítulo 3. Noche en calma

Tajuru y Antares cabalgaban a lomos de Agro rumbo al corazón del bosque. A su lado, Lady Val cabalgaba sobre uno de los caballos de Alek. Tot, el ibis blanco, seguía la marcha desde el cielo.

El bosque que bordeaba Bélenos era una vasta extensión de árboles de increíble altura y ramas intrincadas. En ellos se ocultaban toda clase de criaturas, criaturas que le servían de ojos y oídos al Cazador.

En un claro del bosque, Nod afilaba su lanza con un pedernal. Nalibia le miraba aburrida mientras comía una manzana.

—Viene gente —dijo Nod sin siquiera alzar la cabeza de su labor.

—Déjame adivinar, Antares y Theon.

—No, las de las serpientes y Antares, a caballo, de forma muy épica —se mofó el Cazador.

—¿Saben ya que sus serpientes solo sirven para que las tengas vigiladas todo el día? —preguntó Nalibia.

—Sospecho que no. Creen que tienen un dominio sobrenatural sobre ellas.

La Minera esbozó una sonrisa.

—¿Y a qué crees que vienen?

—Después del número que se montó ayer en la ermita, cualquiera sabe. Igual vienen a intentar matar a otra persona, aunque ahora que la Alquimista ha muerto no sé qué excusa pondrán.

Nalibia miró a su amigo unos instantes valorando si la pregunta que le iba a hacer a continuación podría molestarle de algún modo.

—Ayer, en la ermita… ¿Tuviste tú algo que ver con la aparición de Onzoth?

Nod dejó de afilar la lanza y miró a la Minera interesado.

—¿Con la aparición o con la desaparición? —inquirió.

—Con ambas, supongo.

Nod se puso en pie.

—¿No viste a Onzoth, verdad? El Arquitecto te sacó de allí.

—Sí, Gerold se dio en cuenta de lo que ocurría en cuanto sonaron aquellas notas. ¿Qué hizo Onzoth? ¿Qué es lo que no vi?

—Bueno —intervino Nod—, no sé hasta qué punto estoy en lo cierto, pero Onzoth tenía un objetivo claro cuando apareció en la ermita, y no era Kerensky.

—¿Quién? —acució Nalibia.

—Cerandal —contestó—. De hecho, el Sacerdote mostró un increíble poder sobre la criatura, poder que yo ni siquiera llegué a percibir, algo extraño.

—Vaya —quedó pensativa la Minera—, parece que he subestimado al Sacerdote.

—Oh, no sabes cuánto —dijo Nod mostrando una enigmática sonrisa—. Supongo que NUE y Madelaf te podrían hablar largo y tendido de lo que subestimas al Sacerdote.

Nalibia arqueó las cejas.

—Pero lo de NUE, Madelaf y Kvothe no es…

El Cazador la interrumpió a mitad de frase posando un dedo sobre sus labios.

—Ya están aquí.

Agro y la yegua que montaba Lady Val entraron en el claro. Tot se posó sobre una rama. El Cazador no le percibió.

—Nod, Nalibia —dijo Antares desmontando—, las cosas se están poniendo muy mal en Bélenos.

—¿Más muertos? —preguntó el Cazador.

—Quizá, dos desaparecidos. Gerold y Cerandal.

—¿Gerold ha desaparecido? —se interesó Nalibia, preocupada—. ¿Habéis explorado los túneles?

—Lo hemos intentado —intervino Tajuru—, pero aquello es un laberinto. Además de él, tú eres la que mejor los conoce.

—No, no los conozco, pero puedo encontrarle si está allí.

—Bien —dijo Antares—. ¿Alguna idea sobre el paradero de Cerandal?

—Nadie le ha visto desde que Onzoth se marchó —añadió Lady Val.

Nod le dirigió una mirada a Nalibia para cerciorarse de que su compañera no se disponía a contestar a esa pregunta. Entonces, tomó la palabra.

—No sabemos nada de Cerandal, aunque si ha huido no puedo culparle después de lo que sucedió ayer en la ermita.

—Oh, vamos Nod —intervino Tajuru—. Todos escuchamos a Onzoth. Cerandal fue el responsable de lo que fuera que le pasase al Flautista. Ese miserable fue el culpable de que la larga noche cayese sobre nosotros.

—Y por eso mismo no me extraña su desaparición.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Val.

—Vamos, Val. Todos entendimos a la perfección lo que sugerían ayer Ss y Theon. Sugerían comenzar a matarnos entre nosotros para evitar el resto de muertes. Si la conversión de Onzoth fue la causante de una noche de cuatrocientos años, ¿qué causaría que nos matásemos entre nosotros?

El resto de presentes permanecieron en silencio.

—Por curiosidad —continuó Nod—, cuando encontréis a Cerandal, ¿le mataréis?

—Si es el responsable de todo esto, no veo por qué no —contestó Val de forma tajante.

—Y yo soy el Cazador… —replicó Nod con tono irónico.

Sin más dilación, las hermanas volvieron a subirse a sus monturas.

—Antares, ¿vienes? —preguntó Tajuru.

—No, marchaos. Me quedan cosas por hacer en este bosque.


Daro y Esk tomaban café antes de la caída de la noche. El sonido de unos nudillos golpeando la puerta les interrumpió.

—¿Quién será? —preguntó Esk.

—No lo sé —respondió Daro.

Los hermanos continuaron con su merienda. La puerta volvió a sonar.

—¿Quién será? —preguntó Esk.

—El Cartero —respondió Daro.

—¿Por qué ahora lo sabes? —se interesó la Rica.

—Porque el Cartero siempre llama dos veces —contestó el Mendigo.

Esk se levantó y abrió la puerta. Allí, Loboct aguardaba ansioso.

—Mi hermano sabía que era usted. ¿Qué desea?

—Hola, me llamo Loboct y vengo buscando a SadSmile —contestó el Cartero.

—No conozco a ningún SadSmile, lo siento —dijo Esk, cerrando la puerta a continuación.

Ante tal desplante, Loboct se rebanó el cuello con un sobre de papel.


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