Capítulo 2. La Bestia

A pesar de que la luz del día mitigaba su fulgor, Theon observaba la esfera de luz con los ojos abiertos como platos. Cualquiera que le viese no sabría distinguir si sentía fascinación o pavor.

—No podemos dejar que el Viajero vea esto —le dijo Kerensky—. Creo que empezaría a sospechar que suceden cosas extrañas en este pueblo.

Theon se echó a reír.

—Oh, ¿tú crees? Podríamos decirle que es una tradición de Bélenos, que una vez al año encerramos a alguien en una esfera de energía y la dejamos morir. Es una tradición como cualquier otra.

Kerensky le miró con desdén.

—Necesitamos a la Trovadora. Ss sería capaz de contarle cualquier cosa, por escabrosa que sea, y que él se lo creyese.

—A ti también te creería cada palabra que le dijeras —arguyó el Alguacil.

—No, no funciona de la misma forma. Su juicio se ve nublado en mi presencia, por eso soy persuasivo. Ss actúa directamente sobre su mente, le puede convencer de una forma más permanente.

En ese momento, Aditu, la Bufona, se acercó corriendo al Alcalde y al Alguacil. Llevaba el rostro desencajado.

—¿Una Bufona que corre es una Bufona corriente? —le preguntó Theon con rostro serio. Aditu hizo caso omiso al comentario.

—Mr Lann, el Herrero —logró decir entre jadeo y jadeo—. Está muerto.

Kerensky resopló.

—Está volviendo a pasar, igual que hace cuatrocientos años.

—Esta vez está siendo peor —le contradijo Aditu—. Mr Lann invocó un ejército de armas antes de morir, un ejército que hizo pedazos a Kvothe. Y luego está la Alquimista…

Theon frunció el ceño.

—La Alquimista y el Herrero, se me ocurren varias personas que podrían estar detrás—observó con tono serio.

—Ninguna con conocimiento suficiente sobre el uso de runas como para encerrar a la Alquimista, que yo sepa —apostilló Kerensky.

—¿Se la puede sacar de ahí? —se interesó Aditu.

—Quizá la única que pueda contestar a eso sea la propia Eleuve.

—Pues hablemos con ella antes de que la espiche, ¡ja! —sentenció Theon.


El Viajero abandonó su cuarto para dirigirse a la taberna, donde tenía pensado desayunar. Allí, NUE, el Hijo de la Posadera, lloraba desconsoladamente mientras Madelaf intentaba apaciguarle.

—No muy buenos días, por lo que veo —dijo el Viajero.

—No, no muy buenos —contestó la Tabernera—. ¿Qué desea? Tenemos cuajada y flan caseros. Además, hay fruta, casi cualquier clase de fruta.

—La cuajada estará bien, gracias.

Madelaf se retiró, dejando a NUE llorando sobre la barra de la taberna.

—No será tan grave, muchacho —dijo el Viajero con ánimo de consolarle.

NUE cesó de llorar por un momento y le dirigió una mirada de odio al extranjero.

—No podría ser más grave. Han asesinado a Kvothe. Le despedazaron en pleno vuelo. Ni siquiera hay un cuerpo al que pueda llorar.

El Viajero le miró desconcertado.

—¿Asesinado? ¿Aquí, en Bélenos?

La puerta de la taberna se abrió para dejar paso a la Ss, la Trovadora.

—No —intervino ella—. Kvothe vivía en un pueblo más allá del lago. Me llamo Sansalayne y soy la Trovadora. Quiero que no salgas de la posada en todo el día, viajero. ¿Lo has entendido bien?

—Por supuesto —contestó el Viajero sin un atisbo de duda—. No saldré, me apetece quedarme en mi habitación todo el día sin hacer nada.

—Bien —dijo la Trovadora—. Aseguraos de que no sale —añadió mirando a Madelaf y NUE—. Yo me marcho a la ermita, hay asuntos que tratar.


Antares posó su mano sobre la fría piedra del torreón. Enseguida, una planta brotó de una grieta, creciendo poco a poco en consistencia y tamaño hasta el punto de poder sostener a un hombre con facilidad. Subido a la planta, Antares se acercó a la esfera de energía con cuidado.

—Te van a ver, y no conviene —le dijo la Alquimista.

—Tenemos que hablar.

—Tot me ha puesto al corriente sobre las muertes de Mr Lann y Kvothe. No sé qué pudo llevar a Mr Lann a pensar que ese pobre muchacho era el culpable de todo esto.

—¿Quién crees que es? —indagó el Agricultor.

—Sé de unos cuantos que estarán muy contentos con mi muerte, pero no sé de nadie que pueda encerrarme con mis propias runas.

—¿Y existe algún modo de sacarte de ahí?

Eleuve agachó la cabeza con expresión triste.

—Existe, aunque es remota. Esta esfera se mantiene gracias a la energía vital de aquel que la haya creado. Para hacer desaparecer la esfera habría que acabar con su vida y usar su último aliento para liberarme, lo cual es de por sí muy difícil. Mr Lann era de los pocos que sabía lidiar con las almas —se lamentó Eleuve.

—Pero no el único. Pulgar, el Enterrador, quizá pueda ayudar.

La Alquimista quedó pensativa valorando aquella posibilidad.

—Sí, es muy posible que él también sea capaz. Pero aun así habría que dar con el responsable, y no nos podemos arriesgar a dinamitar aún más la situación

—Pero no puedes morir… —le dijo Antares casi suplicante.

—Ahora no te preocupes por ello, me las apañaré para salir de esta de algún modo. Tú céntrate en dar con el responsable y detenerlo sin que eso suponga el fin de Bélenos.


Kerensky se encontraba en el lugar que solía ocupar el Sacerdote en la ermita. A su lado, el propio Cerandal, Theon y Sansalayne miraban al resto de aldeanos como representantes de la autoridad. Sansalayne comenzó a hablar. Era más fácil que lo hiciera ella.

—Imagino que todos los que estáis aquí sabéis por qué os convocamos. Al parecer, alguien ha continuado lo que empezó hace cuatrocientos años cuando mató a Onzoth.

—Aunque no tiene por qué ser la misma persona —interrumpió Cerandal.

—Irrelevante, en cualquier caso —atajó Theon.

—Sí —coincidió Ss—, lo que importa es que la Alquimista morirá pronto si no hacemos algo por remediarlo. El único modo existente…

—Os resumo, que la labia de la Trovadora a veces es un poco lenta —interrumpió Theon en esta ocasión—. Hay que matar al que la ha encerrado a la Alquimista si queremos salvarla. Si no queremos salvarla, no hace falta que matemos a nadie.

Antes siquiera de que los aldeanos pudiesen reaccionar ante tal sugerencia, una lejana melodía inundó las paredes de la ermita. Aditu y Ss quedaron inmediatamente paralizadas, pues reconocieron aquellas notas al instante. Gerold, por su parte, miró alarmado a Nalibia y sin mediar palabra se la llevó fuera de la ermita.

El resto de aldeanos no comprendieron a tiempo lo que estaba sucediendo. El volumen de la melodía fue creciendo poco a poco hasta ser apenas soportable. El interior de la ermita se ensombreció y una figura a medio camino entre un hombre y una bestia entró por la puerta.

—¿Onzoth? —masculló Aditu.

La Bestia le dirigió una mirada y gruñó. A pesar de ello, la Bufona se acercó con cuidado al que una vez fue su amigo.

—¿Cómo es posible que estés vivo? —preguntó con cautela—. ¿Quién te ha hecho esto?

—No es momento para hablar —contestó la criatura con voz gutural.

Sin mediar más palabra, Onzoth volvió a gruñir y se abalanzó sobre el Sacerdote. Cerandal extendió sus manos ante la Bestia y esta se detuvo en seco.

—Algún día… —murmuró la Bestia.

Onzoth pareció cambiar de opinión y corrió hacia Kerensky, que miró a la criatura sumido en el terror. La Bestia le cogió del cuello y hundió la garra que tenía libre en el pecho del Alcalde, arrancando su corazón y engulléndolo acto seguido. Kerensky ni siquiera pudo oponer resistencia.

La criatura miró al resto de aldeanos aún sediento de sangre. Su mirada se posó en la del Sacerdote una vez más.

—No podrás ejercer control sobre mí eternamente y, entonces, será tu corazón el que devore.


Eleuve vio cómo la Bestia abandonaba la ermita y se dirigía a las montañas. Supo que el responsable de su cautiverio seguía vivo y concluyó que era el momento de tomar una decisión. Si esperaba más, sus fuerzas menguarían demasiado y ya no habría ninguna esperanza.

La Alquimista cerró los ojos e hizo a Tot acercarse a la esfera.

—Ha llegado la hora de volver a ser uno —murmuró.

El cuerpo de la Alquimista emitió un leve destello y enseguida perdió toda fuerza. En cuanto la esfera se encontró despoblada de toda vida, la energía que la constituía cesó. En ese momento, el último aliento de Eleuve se dirigió hacia el Ibis blanco y allí encontró su nueva morada.


El Arquitecto llevaba toda la tarde pensando cómo era posible que Onzoth hubiera escapado de su guarida. Había reconocido aquella melodía enseguida, la misma que muchas veces se oía en los pasillos de su laberinto.

Desde entonces, se había encontrado mal. La cabeza le daba vueltas y no lograba concentrarse. Además, había creído ver cosas que sin duda no eran ciertas, como su hijo volando por el cielo de Bélenos sano y salvo.

Algo le llevó a dirigir sus pasos hacia su laberinto. Era el lugar donde mejor se encontraba, el único sitio donde encontraba algo de paz. Sin saber su destino, comenzó a dejar atrás pasillos y cruces. Pronto comenzó a ver sombras que le acechaban, por lo que echó a correr presa del pánico. ¿Sería Onzoth que había ido a por él? El Arquitecto corrió y corrió hasta llegar a lo que reconoció como el centro de la construcción. Era un círculo muy amplio que se encontraba justo debajo de la ermita. Por el lado opuesto al que él ocupaba, una figura encapuchada entró en escena. La figura parecía transformarse en una criatura astada, aunque enseguida recuperaba su forma original.

Gerold echó a correr de nuevo en dirección opuesta, pero le parecía encontrarse a la criatura, bien encapuchada o bien astada, en cada cruce que alcanzaba. Tras unos minutos de desesperación, la criatura le alcanzó y puso fin a su vida.


Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License