Capítulo 12. Sangre Sabat

El sol despuntaba en el horizonte y el frío nocturno aún hacía acto de presencia. Tremal entró por las puertas del pueblo acompañado de Agro, el caballo que había sido poseído por Nod después de que el propio Chamán liberase su alma.

El Viajero les vio llegar desde la ventana de la posada, echó un vistazo al reloj y concluyó que era mejor no salir ahí fuera, pues la muerte se acercaba y el Chamán no le transmitía nada bueno.

—¡Aleksandr Nevski! —gritaba Tremal.

Aditu y Lauerys salieron a ver qué pasaba, el Mozo de Cuadras también acudió a la llamada.

—Alguien me ha dicho —dijo el Chamán mirando a Alek— que cierto aldeano pasea por el laberinto a altas horas de la madrugada. ¿Sabes tú algo de eso?

El Mozo de Cuadra palideció ante la pregunta. Aditu y Lauerys le miraron con suspicacia.

—No, no sé nada —respondió finalmente Alek.

—Claro que lo sabes.

Tremal sacó la misma daga que había usado la noche anterior.

—¡Viajero! —exclamó el Chamán—. Vamos, sé que me oyes, déjate ver, nadie va a hacerte ningún daño.

Oberyn, tras mucho pensarlo, accedió a la petición. Al fin y al cabo no podía escapar del Chamán por mucho que quisiera.

—Buenos días a todos —dijo el Viajero nada más llegar.

—¿Qué nos dice ese reloj tuyo que controla nuestras muertes?

Obeyn miró el reloj y vio cómo, de forma impredecible, la aguja que marcaba el tiempo de la próxima víctima se acercaba al 29 bruscamente, sin mantener el ritmo que había llevado hasta entonces. El Viajero miró al Chamán, aterrado.

—Un regalo de tu amigo el Relojero —dijo este.

La daga volvió a refulgir como cuando capturó el alma de Wind. En ese instante, la manecilla llegó al fin de su recorrido. Oberyn miró a los presentes a tiempo para ver cómo Alek se desplomaba sin motivo aparente.

—Una magia muy poderosa la de Wind. Nunca lo hubiera dicho.

Aditu y Lau, que habían comprendido que Tremal era la persona a la que habían estado buscando durante varias semanas, echaron a correr. Ninguna de las dos tenía un poder ni remotamente parecido al del Chamán con el que hacerle frente.

Nod emprendió el galope tras la Bufona y enseguida le dio caza. Al igual que había hecho con Tajuru, la pisoteó y coceó hasta que Aditu murió.

Lau consiguió llegar a su casa, pero alguien, algo, la esperaba allí. Una bestia a medio camino entre un hombre y un toro resopló cuando la vio entrar. Aparentemente había entrado a la casa atravesando el suelo. La Sastre le miró unos segundos, pues su rostro le resultaba familiar.

—¿Quién eres tú?

El minotauro embistió a Lauerys sin ofrecer ninguna respuesta. Aún quedaba algún resquicio de la persona que fue antaño, pero su parte de bestia se solía imponer, al igual que había hecho con Nalibia. Al igual que la Minera, Lauerys sucumbió ante los implacables golpes del que un día fue Gerold, el Arquitecto.

Completadas sus labores, Nod y Gerold volvieron junto al Chamán, los tres situados frente al Viajero.

—¿Y ahora qué hacemos contigo? —preguntó Tremal, aunque Oberyn concluyó que era mera retórica.

Cuando el Viajero ya asumía su muerte, el sonido de una flauta se introdujo en sus oídos y supo que aún quedaba esperanza.

Onzoth apareció de la nada, como acostumbraba. En esta ocasión adoptaba su versión felina.

—¿Quién si no? —preguntó Onzoth al ver al Chamán—. Cerandal, Nod y tú estabais detrás de todo, como la otra vez.

—Oh, nuestro querido Sacerdote no tuvo nada que ver en esta ocasión, fue cosa de Nod y mía, únicamente.

—¿Por qué? —gruñó Onzoth.

—¿Lo tuyo o el resto?

—Lo mío.

El Chamán rio.

—Tuviste mala suerte. Eras un recién llegado, nuestros poderes estaban en su punto álgido y teníamos ganas de conocer hasta dónde podíamos llegar. Con Alek, Kvothe, Madelaf y NUE nos salió mejor.

De no ser por el poder que ejercía Tremal sobre él, Onzoth le habría despedazado en ese mismo momento.

—¿Y por qué cayó la larga noche? —intervino el Viajero, que escuchaba ávido de información.

—Eso me trasciende —dijo Tremal—. Quizá tres entrañables ancianas te podrían haber contestado, pero me temo que han muerto. Además, creo que la explicación nace del aquí presente Onzoth.

El Viajero arqueó las cejas. Onzoth se mostró no menos sorprendido.

—¿Qué quieres decir?

—Todos desarrollamos nuestras habilidades con tu llegada —dijo el Chamán—. Cualquiera pensaría que tú, el único que nunca demostró tener nada especial, fuiste el que, de algún modo, las hizo despertar. Tú lo iniciaste todo y, cuando fuiste transformado, la larga noche cayó haciendo que todos menos tú cayésemos en el olvido. Tú, en cambio, viviste cada uno de esos días como lo habría hecho cualquier persona normal, aunque tuvieras que hacerlo en trágicas circunstancias. Todo esto gira en torno a ti, Onzoth.

Viajero y Bestia quedaron pensativos.

—¿Por qué los asesinatos? ¿Por qué arrasar Bélenos? —inquirió el Viajero.

—Jaaaaa —rio el Chamán—. Cuatrocientos años de olvidadas desavenencias con la Alquimista, pero esa es otra historia que me temo solo recoge un tapiz.

—¿Todo esto por tu enfrentamiento con la Alquimista? —se sorprendió el Viajero.

—Cuatrocientos años dan para muchas desavenencias y muchos enemigos, sobre todo para alguien como yo.

—¿Qué vas a hacer con nosotros? —preguntó Onzoth, al que estaba claro que la suerte de Bélenos no le importaba lo más mínimo.

El Chamán sonrió.

—Nada. Os vais a marchar sin que yo os ponga una mano encima. Vuestra sangre es poderosa y no pienso cometer los errores de la última vez. Cuatrocientos años de olvido fueron demasiados para mí.


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