Capítulo 11. El peso de un reloj

Obe miraba el reloj. La manecilla que antaño parecía descontrolada cada vez se movía más despacio. Otra de ellas indicaba que el tiempo de otro aldeano llegaba a su fin y, la que más despacio se movía, marcaba el 8. Wind estaba a su lado.

—¿Cuánto le queda al siguiente? —preguntó Wind.

—Muy pocos minutos —contestó el Viajero.

—¿Cómo crees que será?

—Pues siendo de día pasará algo raro. Algún suicidio, algún accidente, Onzoth… quién sabe.

—¿Quién crees que es el que está detrás de todo esto?

El Viajero permaneció pensativo.

—Tengo mis sospechas, pero no creo que sea el más indicado para sospechar, apenas os conozco. A algunos ni siquiera les conozco, de hecho.

Ambos permanecieron un rato callados viendo cómo la manecilla se aproximaba al espacio entre el 1 y el 29.

—¿Tú qué tienes pensado hacer? —preguntó el Relojero.

—Pues no lo sé. Ya no estoy ni seguro de que vaya a salir vivo de aquí.

—¿Y por qué no te vas?

—Supongo que porque no he acabado aquí. Apenas he cruzado un par de palabras con Onzoth.

—¿Y qué esperas de él? ¿Por qué no me cuentas todo desde el principio?

El Viajero dudó.

—Bueno, por qué no. Supongo que en breve uno de los dos o los dos estaremos muertos.


En la familia Sabat siempre se contaron historias sobre Onzoth. Onzoth había sido un virtuoso de la flauta que había formado una compañía itinerante junto a una bufona y una trovadora. Los tres habían visitado cientos de pueblos y hecho las delicias de miles de personas. Sin embargo, un día emprendieron un viaje del que nunca retornarían.

Bélenos no era un nombre ajeno a la familia Sabat. Pam, la mujer de Onzoth, había sido informada de que ese era su destino, un destino muy especial al parecer, pues era muy difícil acceder al pueblo. Antes de despedirse, Onzoth le dijo a su mujer que, en caso de no volver, siguiese los dictados de un extraño artilugio. Cuando Onzoth desapareció, Pam lo intentó por todos su medios, pero nunca fue capaz de comprender su funcionamiento.

Desde entonces, tanto la historia de Onzoth y Bélenos como aquel artilugio habían sido transmitidos de generación. Oberyn no fue el primero en tratar de encontrar Bélenos, pero sí el primero que lo hizo con éxito.


Wind escuchaba atentamente la historia que le relataba el Viajero cuando, de repente, este se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó el Relojero.

—La manecilla está llegando al 1.

—¿Y?

—Que quiero ver quién muere y cómo.

Wind arqueó las cejas.

—Pues yo no pienso salir ahí fuera.

—Haces bien. Salgo yo.

El Viajero abandonó la relojería. La calle estaba aparentemente tranquila pero, si ocurría algo, sería en la ermita.

Allí, Nalibia se arrastraba con el cuerpo destrozado dejando un rastro de sangre a su paso. Oberyn corrió hacia ella.

—¡Nalibia! ¿Qué ha sucedido?

La Minera apenas podía hablar.

—El laberinto… Gerold… él…

Sin llegar a acabar la frase, Nalibia expulsó su último aliento.


Una figura de rostro oculto tras una máscara entró en la relojería. El Relojero se encontraba sentado en una silla de espaldas a la puerta de entrada. Parecía haberse quedado dormido en una extraña pose.

El visitante se acercó a él y le rebanó la garganta con una daga de intrincadas inscripciones. Entonces, el Relojero se incorporó.

La figura retrocedió sorprendida por la situación. ¿Qué clase de magia era aquella? Cuando el Relojero se dio la vuelta lo comprendió. Quien se mantenía firme ante él no era Wind, sino Symon, el Juguetero. Su cuerpo parecía estar atrapado bajo un andamio de madera y metal. Ese andamio le permitía moverse de forma bastante torpe.

—Pensé que habías muerto —dijo la figura.

—Y lo hice, yo tan solo soy un muñeco.

Symon se abalanzó sobre la figura, pero no era rival para ella. Los dubitativos movimientos del muñeco contrastaban con la agilidad felina del atacante, que hacía que su daga astillase la madera en cada golpe que ejecutaba. Sin embargo, pese a la superioridad en combate del enmascarado, el muñeco no parecía inmutarse ante los golpes.

—¿Dónde está el Relojero? —preguntó la figura tras retroceder lo suficiente.

—Duerme —se limitó a decir Symon, que volvió a la carga.

La figura siguió combatiendo, pero pronto comprendió que tenía que acabar su trabajo o marcharse, pues Symon no le iba a dar respiro. Entonces, recordó algo que había oído en una ocasión.

—Tenebris anima permuta —susurró, y el muñeco cayó al suelo.

La figura se internó en la trastienda, donde estaban las estancias de Wind. Allí, el propio Wind le esperaba alertado, en pose defensiva.

—Eso es jugar sucio —dijo el que parecía ser el Relojero.

—Enhorabuena Juguetero, pocas personas pueden decir que han muerto dos veces.

La figura fue ahora la que se abalanzó sobre su rival y esta vez no le costó poner fin a su vida. El cuerpo que yacía en el suelo era el de Wind pero, tras el intercambio de almas realizado por el visitante, el alma que lo ocupaba era la de Symon. La de Wind debía estar en el muñeco.

La figura volvió a la sala principal y se encontró a Wind, encerrado en un muñeco con el aspecto de Symon, tratando de incorporarse.

—Ni lo intentes —le susurró la figura—. Tu tiempo acaba aquí, Relojero. Tenebris anima permuta —concluyó clavando la daga en el pecho del muñeco.

El alma de Wind trató de volver a su antiguo cuerpo, pero este ya no era apto para la vida. Entonces, se vio atraída por algo.

La daga refulgió.


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