Capítulo 0. Llegada

Bélenos estaba expectante ante la llegada del viajero. Era un acontecimiento único en la vida de muchos. Sin embargo, no podían mostrarse más ansiosos de lo debido. ¿Amables? Sí. ¿Dispuestos? También. Ansiosos no. El viajero debía pensar que Bélenos era un pueblo normal. Mientras así fuera, las cosas irían bien.

La Alquimista veía al viajero aproximarse desde el torreón. Sabía la suma importancia que iba a desempeñar en el transcurso de los acontecimientos, por lo que sentía la imperiosa necesidad de acceder a él antes de que algún indeseable lo hiciera. Contaba con que el Chamán estuviese en el bosque, al igual que el Cazador, pero el Sacerdote siempre rondaba.

—Escucha, Tot —dijo Eleuve dirigiéndose a su ibis.

El ibis se acercó a su dueña y le dirigió una mirada inteligente.

—Quiero que busques a Damu. Hazle venir al pueblo cuanto antes. Yo intentaré estar cerca del Alcalde y del Alguacil, que supongo que recibirán al viajero.

El pájaro asintió y, sin demorarse un segundo, se dirigió a una de las ventanas para emprender el vuelo.

—Tot, espera, una cosa más. Intenta encontrar al Chamán y al Cazador y dime lo que hacen, ¿de acuerdo?

Tot volvió a asentir y, esta vez sí, echó a volar.

La Alquimista metió una brillante piedra verde y una pluma en un zurrón, se lo echó al hombro y abandonó la estancia.


Un gran lobo negro se abría paso a través de la densa vegetación. Buscaba a alguien, y no se detendría hasta encontrarlo. Sus agudos sentidos no bastaron para advertir cómo un ibis blanco volaba en dirección contraria a él.


—¡Volündr! —gritó la Alquimista a la entrada de la herrería.

El Herrero salió enseguida de la trastienda. Parecía malhumorado.

—No me llames así, alquimista —le dijo con desprecio mientras se limpiaba las manos en el delantal—. El viajero, ¿no?

—Sí, está llegando —dijo Eleuve—. Está tan cerca que ya está amaneciendo.

Mr Lann permaneció callado durante unos segundos, asimilando las últimas palabras de Eleuve. Su expresión no denotaba ninguna emoción. Tan solo parecía pensativo.

—¿Y qué es lo que quieres que haga?

—No estaría mal que fueras a tomarte algo a la taberna. Yo invito —contestó la Alquimista, depositando la piedra verde que antes había cogido del torreón.

El Herrero miró la piedra con un gesto a medio camino entre el asombro y la alegría.

—¿Es… es resina de Yggdrasil?

Una sonrisa se dibujó en los labios de Eleuve mientras asentía.

—¿Cómo la has conseguido? —se interesó Mr Lann a la par que manipulaba la piedra con cuidado.

—Tengo un amigo que hacer verdaderas maravillas.

—Es ese Damu, ¿no?

—Algo me dice que no le gusta que le llamen así —respondió la Alquimista con tono malicioso.

El Herrero bufó y se encaminó a la trastienda. Tras un breve lapso de tiempo, reapareció ante los ojos de Eleuve un poco más aseado de lo que iba.

—¿Qué quieres que haga en la taberna?

—Quiero que estés atento. El viajero necesitará un sitio donde dormir. Más pronto que tarde acudirá a la posada buscando una habitación. Estaría bien que aprovechases para presentarte, invitarle a algo… Acercarte a él.

—¿Por qué no lo haces tú? No tengo don de gentes —señaló Mr Lann, molesto.

La Alquimista permaneció callado un instante valorando si el Herrero lo decía en serio o no. Ante el ceño fruncido de este dedujo que lo decía en serio.

—Cuando alguien llega a un pueblo creo que lo último que espera encontrar es a una niña que quiere hacerse su amiga. Por poco don de gentes que tengas, desempeñarás mejor ese papel —aclaró.

El Herrero pareció darse cuenta de lo obvio de la situación.

—¿Así que no piensas interactuar con él?

—Oh, no he dicho eso —contestó la Alquimista negando con la cabeza—. Claro que interactuaré, pero a su debido tiempo.


Antares fue el primero en ver a Tot sobrevolándoles en las afueras del pueblo. Ese pájaro tenía algo extraño que le hacía pasar inadvertido para ojos no gratos. Ni siquiera Nod lo sentía como parecía sentir al resto de criaturas.

Antares detuvo sus pasos un instante, provocando que tanto Nalibia como Nod, quienes se dirigían con él hacia Bélenos, se volviesen a mirarlo con cierta suspicacia.

—El cordón —dijo el Agricultor esbozando una sonrisa bobalicona y señalando a una de sus botas.

Sus compañeros parecieron desviar la atención. Cuando lo hicieron, Antares posó la mano sobre el suelo, entrecerró los ojos y murmuró unas palabras inaudibles. En menos de lo que se tarda en atarse una bota, un pequeño bulbo violáceo surgió de la tierra. Sin tiempo que perder, Antares lo aplastó y se embadurnó la mano con la pulpa. Tras reemprender la marcha y acercarse a Nalbia y Nod, colocó la mano embadurnada con la palma hacia arriba. Ambos la miraron.

—¿Qué…? —comenzó Nalibia, pero antes de que pudiera terminar la pregunta, Antares sopló sobre la palma levantando una pequeña nube de polvo oscuro. Inmediatamente, sus dos compañeros cayeron al suelo sumidos en un profundo sueño.

Tot se posó cerca del Agricultor en cuanto vio que no había peligro de ser visto. El pájaro lo miró con un gesto de preocupación sorprendentemente humano.

—No te preocupes —dijo Antares adivinando su pensamiento—, cuando despierten lo harán desorientados. No recordarán nada de esto.

El pájaro pareció satisfecho con la respuesta.

—¿Y bien? —instó Antares.

Nunca había llegado a entender cómo sucedía, pero Tot modificaba de algún modo sus pensamientos para hacerse entender. No escuchaba sonidos en su mente ni nada similar. Tan solo pensaba lo que el ibis quería que pensase, y solo lo hacía cuando le miraba directamente a esos ojos tan poco propios de un pájaro. De ese modo, Antares supo entender que el viajero estaba a punto de llegar a Bélenos y que urgía que se presentase allí.

—Dile a Eleuve que ya estaba de camino, pues el amanecer me había alertado de que su llegada estaba próxima. Dile también que no voy solo. Le interesará saber que Nod y Nalibia van conmigo.

El ibis dirigió su mirada hacia los dos jóvenes yacentes y después la volvió a posar sobre los ojos del Agricultor.

—No sé nada del Chamán, lo siento.

A Tot parecieron bastarle las respuestas obtenidas y reemprendió el vuelo. Antares, por su parte, hizo brotar otra planta diferente, esta vez de tallo largo y flores rojizas. Tras deshacer los harinosos pétalos con los dedos, se dirigió a sus compañeros con el propósito de sacarles de su letargo.


El lobo negro por fin encontró al Chamán, pero cuando lo hizo perdió todo recuerdo de qué estaba haciendo en el bosque. Sin pretenderlo, su envergadura se redujo hasta recuperar las dimensiones de un humano. Del mismo modo, las afiladas garras que lucía y el pelo que le cubría desaparecieron. NUE, el Hijo de la Posadera, quedó tendido en el suelo, expuesto a la vista de un ser al que temía por encima de todas las cosas.

El Chamán interrumpió su labor de desmembramiento de un gran buey para prestar atención al recién llegado. Se aproximó a él con cautela. Sus ojos parecían destellar una tenue luz azul que se reflejaba en la daga de hierro que aún empuñaba.

—¿Por qué estás aquí… así? —preguntó Tremal con aguda voz.

—Yo… no… —titubeó NUE.

—¿Me equivoco si digo que eres el hijo de la posadera? —le interrumpió Tremal.

—No —musitó sintiendo cómo la angustia crecía en su anterior—. Pero yo no…

NUE fue interrumpido por un espasmo y un inmenso dolor que le recorrió toda la columna vertebral.

—No… ¡No, no! —comenzó a gritar en cuanto comprendió lo que sucedía.

La transformación fue lenta y dolorosa, como siempre. En cuanto terminó, su juicio volvió a nublarse hasta el punto de desaparecer para dar paso a una nueva conciencia.

—¿Hircine? —preguntó el Chamán mirando con suspicacia a la criatura.

El lobo gruñó.

—¿No tienes suficiente con exponer a tus criaturas que ahora pierdes su control? —estalló el Chamán, acercándose aún más y posando la daga sobre el cuello del gran lobo—. ¡Debería sacrificarlo ahora mismo! —sentenció.

El gran lobo apartó la mano del Chamán de un manotazo.

—No sé cómo he perdido el control de Fenrir —dijo la criatura con tono angustiado—. He perdido el contacto con el mundo por un momento, no volverá a ocurrir.

—Subestimas a tus amigos, Cazador.

El lobo gruñó de nuevo.

—¿Y para qué envías a Fenrir? ¿Para decirme que el viajero está llegando? Porque si es así has perdido el tiempo, pues el amanecer ya me ha alertado.

—¿No vas a ir a Bélenos?

—¿Debería?

—Nadie como tú sabe el papel que juega el viajero en esta historia.

—Oh, me halaga que pienses eso, pero puedo asegurar que no soy el único que sabe de su papel —dijo el Chamán dando la espalda al lobo y volviendo a su labor de desmembramiento.

—¿Quieres que haga algo?

—¿Matar a la Alquimista es mucho pedir? —preguntó el Chamán, socarrón—. Vigílala. Vigílala bien, Hircine. No quiero que te pierdas ni uno de sus movimientos.

El lobo, con la conciencia de Nod, permaneció en silencio esperando alguna otra indicación, pero concluyó que el Chamán había puesto fin a la conversación.

—Así será.


El viajero atravesó la muralla de Bélenos. Era un pueblo viejo pero bonito. Las murallas se alzaban imponentes ante las bajas casas de piedra. Al fondo de la calle principal, sobresaliendo por encima de todo, destacaba un gran torreón de color marfil que parecía surgir de la ermita central. Un pájaro blanco de alargadas patas volaba dando círculos.

El viajero cargaba con un fardo, un laúd y un cayado. Bélenos no estaba en su mapa, lo cual era extraño a tenor de su tamaño. En cualquier caso, era una oportunidad magnífica para descansar antes de retomar su camino.

El primer aldeano con el que se cruzó lucía algo similar a un uniforme, por lo que dedujo que era la persona perfecta para informarse sobre el pueblo.

—¡Disculpe! —gritó el viajero apresurando el paso hacia el viandante.

Theon se detuvo y miró al viajero.

—¡Oh! ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó luciendo la mejor de sus sonrisas.

—Quería saber algunas cosas sobre este pueblo, que no aparece en mi mapa y…

—¡Por supuesto! —le interrumpió el Alguacil—. Ha dado usted con la persona indicada, pues soy el Alguacil de Bélenos y le informaré con gusto.

—Bélenos… —susurró el viajero.

—En efecto. ¿Está de paso o pretende quedarse un tiempo? —se interesó Theon, que pese a sus intentos por disimularlo, daba la impresión de estar algo ansioso.

—Bueno, como le he dicho he dado con el pueblo de casualidad, pues no está en mi mapa.

—Oh, ya veo. Es normal. Al estar ubicado entre las montañas y el lago, Bélenos no recibe muchas visitas, por lo que no es muy conocido. Quizá por eso no venga en el mapa.

—Sí, puede ser eso —le dio la razón el viajero tratando de ser cordial, aunque la actitud del Alguacil le resultaba extraña—. ¿Podría indicarme algún lugar para echar un trago o…?

—¡Faltaría más! —contestó enérgicamente Theon—. La taberna del pueblo ofrece la mejor de las cervezas. Además, en el mismo establecimiento se encuentra la posada, donde podrá pagar una habitación.

—No, no, si estoy de paso —reiteró el viajero—. Con un trago repongo fuerzas y reemprendo mi camino.

—No puede hacer eso —dijo el Alguacil mientras perdía la sonrisa que hasta entonces había mantenido.

El viajero arqueó las cejas y empezó a cuestionarse que ese hombre fuera el verdadero Alguacil del pueblo.

—¿Y eso por qué? —se interesó, esta vez dejando claro que se había puesto a la defensiva.

—Oh, no me malinterprete. Usted es libre de hacer lo que quiera, por supuesto. Lo que pasa es que recibimos a pocos extranjeros por aquí, y sería una lástima que para uno que nos visita, se vaya en menos de lo que un gallo canta.

El viajero pareció relajarse.

—Bueno, indíqueme dónde está esa taberna y ya veré si me quedo—dijo recuperando el tono jovial.

—Le acompaño. Además, aunque no se quede, puede dejar sus pertenencias en la posada y hacer una visita al pueblo —sugirió el Alguacil.

—No estaría mal.

Satisfecho, el Alguacil puso rumbo a la taberna haciendo de guía.

—Le aseguro que no se arrepentirá. Bélenos reúne todo lo que alguien pudiera desear.


Ellaria cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella. Su respiración sonaba entrecortada.

La juguetería era un establecimiento muy amplio. Los enormes escaparates deberían haber bastado para inundar la estancia de luz, pero los innumerables títeres que colgaban del techo dejaban la tienda en una semipenumbra algo lúgubre.

Un poco más recuperada, la Artista avanzó con paso decidido a la trastienda, donde sin duda encontraría a Symon.

—Está aquí —dijo nada más verlo—. Lo he visto con Theon. Iban hacia la taberna.

El Juguetero interrumpió su labor y depositó el pincel y las gafas sobre la mesa.

—¿Con qué Alguacil? —preguntó Symon con tono malicioso.

—El Alguacil equivocado, probablemente.

El Juguetero suspiró y se levantó de la silla.

—¿No hay nadie en el pueblo más perturbado para recibir a una persona a la que no debemos perturbar?

—Es difícil no perturbarse en Bélenos.

—Y eso que llevamos despiertos un par de horas.

—Ya —coincidió Ellaria con gesto de preocupación—. No creo que pase mucho tiempo hasta que alguien pierda los estribos.

—¿Y quién crees que será, por curiosidad?

Ellaria suspiró.

—Si lo supiera lo encerraba en un mundo bien lejano y nos ahorrábamos problemas.

El Juguetero esbozó una breve sonrisa.

—Podrías encerrarnos a todos —sugirió.

La Artista miró a los ojos del Juguetero intentando que su rostro no reflejara la culpabilidad que sentía.

—Podría.


Era la tercera vez que Madelaf, la Tabernera, fregaba el mismo lado de la barra en menos de media hora. Justo al lado, el Viajero mantenía una presuntamente animada aunque en realidad incómoda conversación con el Theon, el Alguacil y Mr Lann, el Herrero. Bueno, con el Alguacil. El Herrero miraba, bebía, ponía los ojos en blanco ante los comentarios del Alguacil y bebía más.

—Bélenos, ¡Bélenos! Es un hermoso lugar para estar. Excepto cuando es horrible, entonces es ¡HORRIBLEMENTE HERMOSO! ¡Bueno para una visita! O una eternidad —decía en ese momento. El Viajero parecía empezar a acostumbrarse a los extravagantes comentarios del Alguacil.

—Se refiere a la nieve —atajó el Herrero, que intervenía por primera vez en un buen rato—. Cuando nieva por aquí las cosas se ponen muy difíciles. Nos quedamos prácticamente incomunicados. Sin embargo, no hay momento en el que el pueblo esté más hermoso que entonces.

—Los inviernos deben ser duros por aquí, encerrados entre montañas —comentó el Viajero.

—Pues eso ha dicho —cortó el Alguacil bruscamente—. Un poco irrelevante de todas formas, dado que no vemos uno en cuatrocientos años —terminó sin inmutarse.

El Viajero frunció el ceño y le dirigió una mirada de incredulidad al Herrero. Este negó con la cabeza casi imperceptiblemente, dando a entender que el Alguacil no estaba en su mejor momento.

—Bueno, señores —dijo entonces el Viajero haciendo un ademán que indicaba que disponía a marcharse—, voy a dejar todo esto en una habitación y me doy una vuelta por el pueblo. Así les dejo a ustedes seguir con sus quehaceres.

Antes de que el Alguacil o el Herrero pudieran responder, Kerensky, el Alcalde, entró en la taberna. La reacción de todos los presentes al verle fue similar: quedarse mirándole embobados a la par que un leve rubor nacía en sus mejillas. El Viajero titubeó sin entender qué ocurría. Jamás ningún hombre, ninguna persona en realidad, le había causado esa sensación. No conocía de nada al joven que acababa de entrar y, en cambio, estaría dispuesto a dar su vida por él. El Alcalde, acostumbrado a esa reacción, resolvió la situación.

—Usted no puede ser otro que el extranjero del que tanto he oído hablar.

Al Viajero quizá le hubiera extrañado esa fama tan espontánea de la que parecía gozar si no fuera porque estaba absolutamente obnubilado contemplando las facciones de aquel hombre.

—Soy yo, sí —dijo no sin mostrar cierta inseguridad—. ¿Y usted es…?

—Soy Kerensky, el Alcalde de Bélenos —contestó, tendiéndole la mano.

El Viajero se la estrechó con presteza, aunque pareció no encontrar apropiado el volver a separarlas.

—Ejem —carraspeó el Alguacil—. Puedes soltarle la mano.

—Oh, sí, claro —se percató el Viajero tremendamente avergonzado—. Disculpe, yo…

—Mejor nos tuteamos, si te parece —le interrumpió el Alcalde.

—Sí, por supuesto.

—Me han dicho que vas a quedarte en el pueblo unos días, ¿es así? —preguntó Kerensky exhibiendo una delicada sonrisa.

El Viajero dudó un momento, reparando en que lo que estaba a punto decir y lo que había dicho hace unos momentos no tenía nada que ver. Aun así, no albergaba ninguna duda sobre la respuesta.

—Sí, ha oído bien. Me voy a quedar unos días. Quizá unos meses, o unos años. El tiempo que haga falta. Encuentro este pueblo fascinante.

—Me alegra oírlo. Sin duda lo es —dijo el Alcalde, satisfecho—. Por cierto, le presento a mi hija —dijo inclinando levemente la cabeza hacia un lado.

Entonces, por primera vez desde la llegada del Alcalde, el Viajero apartó la mirada de él y reparó en que una niña de unos diez años se encontraba a su lado. Ni siquiera la había visto entrar.

—Hola, me llamo Eleuve —dijo la niña, sonriente.


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