Prólogo. Tres ancianas
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Un manto de oscuridad y silencio cubría la vetusta Bélenos. Tan solo la titilante llama del torreón central hacía pensar que quedaba algún rastro de vida, aunque hacía demasiado tiempo que a nadie le importaba.

Dentro, tres ancianas de aspecto cansado y taciturno pasaban la noche tal y como llevaban haciendo los últimos cuatro siglos. Una de ellas tejía un inmenso tapiz que caía al vacío por una de las ventanas y se mecía al viento, ignorando deliberadamente el peso que por entonces debía tener; lo hacía con los ojos cerrados para que la luz del fuego no la cegase. Otra de ellas, velaba porque la única luz de Bélenos no se apagase, pues si eso sucedía, el olvido al que fueron sometidas se volvería eterno, y una eternidad es mucho menos llevadera que unos míseros cuatrocientos años. La última, la pobre ya tuerta de tanto observar, oteaba el horizonte a través de la segunda ventana esperando que, por algún casual del enrevesado destino, un viajero extraviase sus pasos para acabar en la imperecedera pero ya hace muchos años muerta Bélenos. Esa noche, por fin, iba a tener suerte.

—Se acercan viajeros —susurró la oteadora sin que su débil voz denotase ninguna emoción.

Tejedora, la más alta y delgada de las tres, interrumpió su labor de siglos y observó por primera vez lo que había estado tejiendo durante los cuatrocientos últimos años. La cegadora luz le hizo estremecerse, pero un momento después supo encontrar el significado que buscaba.

—Uno, solo uno —sentenció—. Aunque uno importante. Es el momento de resucitar este pueblo yermo.

Veladora se había levantado sin hacer mucho caso a sus compañeras. Llevaba mucho tiempo sentada vigilando el fuego, por lo que su preocupación inminente era que sus cortas piernas funcionasen adecuadamente. Cuando se le hubieron desentumecido, se asomó a una tercera ventana.

—Volverá a amanecer —dijo con tono esperanzado—. Apenas recuerdo la luz del sol. Apenas recuerdo nada que no sea el brillo de esa dichosa llama.

—No rechistes, Veladora —intervino Tejedora—. Llevo el mismo tiempo en la más absoluta oscuridad.

—Pero al menos con la vista descansada —zanjó Oteadora.

Llevar cerca de cuatrocientos sin cruzar palabra no parecía haber cambiado mucho la relación de las tres ancianas. El desacuerdo imperaba, pero el mismo desacuerdo daba paso a la creación, o al menos así había sido hasta que cayó la noche. Ahora tenían la oportunidad de seguir creando y de corregir los errores de la última vez.

—¿Qué ves, Tejedora? —se interesó Oteadora.

Tejedora recuperaba el tapiz que poco a poco se había ido descolgando por la ventana mientras trataba de darle sentido a lo que veía.

—Veo hasta la llegada del viajero. El futuro aún está por tejer.

—Ya, ya —le interrumpió Veladora—. Recordamos cómo funciona. Dinos lo que ves.

Tejedora le dirigió una mirada de desprecio a su compañera.

—Veo un Bélenos rebosante de vida. Un sacerdote, un juguetero y una criatura con forma humana y alas. Veo lo que pudo ser y no fue.

—¿Una criatura humana con alas?

—Y no es el único ser… inusual —coincidió Tejedora—. Parece que la maldición no solo nos sumergió en la noche, también obró su efecto sobre los aldeanos.

—¿Podemos repararlo? —se interesó Veladora.

—Me temo que no. Debemos guiarnos por el tapiz si queremos tener una oportunidad. ¿Tú has visto algo, Oteadora?

—He visto tinieblas en la luz.

—Está en nuestras manos disiparlas —sentenció Veladora—. Vamos, hay mucho por hacer.

Las tres ancianas abandonaron el torreón para ocupar el papel que les correspondía. En cuanto el viajero llegase a Bélenos, este resurgiría.

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